Es una partida a una mano. Es un todo o nada. Ya tengo práctica en esto.
Sentados, cada uno preside su parte de la mesa, tú a mi izquierda, yo a tu derecha, tú compañero y mi compañera, a kilómetros de distancia. Barajas. Cada carta que cae sobre tus manos es una tremenda sacudida a mi corazón, que no entiende que el mus se trata de mostrarse siempre sereno. La suerte que tú has creado me ha señalado a mí para ser el primer improvisado 'croupier'. Me miras, por primera vez, aunque tus ojos me son familiares. El exterior, el iris, es tan parecido al mío que hace olvidar que es en la pupila donde de verdad recae la gran diferencia, lo que nos hace ser dos polos opuestos. Me pasas las cuarenta cartas, mientras descubro que el papel también conduce la electricidad. Barajo. Mi estilo es mucho más descuidado que el tuyo, aunque no lo parezca a ratos. La baraja sobre la mesa, te doy a cortar. De nuevo tú tienes la llave para determinar la fortuna a repartir. Cortas casi sin pensar en el giro que en realidad acaba de sufrir el destino. Doy.
Aparentemente normal, dentro de mí las dudas y los miedos se dan cita sin importarles mi situación. Tanto es así, que la última carta que te reparto justo a ti cae de canto, dando un brusco salto para terminar posándose más suavemente con cinco bastos saludando al mundo exterior. Te miro pidiendo clemencia, me miras con una sonrisa, de las que nunca te suelen faltar. Me supera. Mus visto.
No me he fijado bien en mis cartas, al fin y al cabo siempre suelo tener las mismas, no me voy a encontrar con nada nuevo en la baraja. Al final me voy de todas, tú te has ido de dos. El cinco de bastos está por perderse en el infierno de las cartas que nadie quiere, me recuerda a las muchas veces que me he caído yo por el precipicio de lo que nadie quiere, cual pobre as de copas, que se cree grande en todos los juegos, y en realidad tiene el número más bajo. Doy, por segunda vez.
Miro lo que tengo sin prestarle mucha atención, porque rápidamente me giro a mi izquierda para perseguir alguna seña, de ésas que te gustan tanto. Dicho y hecho. Tu cara parece volver lentamente a su estado natural. Has hecho algo, pero no me ha dado tiempo a enterarme, una vez más. Pienso. Barajo, esta vez posibilidades. Como siempre, termino por creer lo que quiero creer, y eso ya me ha hecho cometer más de un error garrafal. Creerse las mentiras de uno mismo, la grande de tu compañero me despierta.
- Envido.
- No puedo querer.
Con un caballo de carta más alta, poco puedo hacer. Me da rabia, porque tu compañero me ha vuelto a superar. Es peor que yo, pero tiene suerte, y esta escena es ya común. Tú le sonríes. No le sonrías. Yo me muero. Hemos perdido el primer punto de la partida. La chica nunca ha sido mi especialidad, pero ajustar reacciones se me da mejor.
- Chica, paso.
- Paso.
- Paso.
- Envido.
- Tres más.
Error. Mi dos de espadas tiembla ante tu insistencia. ¿Así que vas a eso? Qué sopresa. No importa, aquí no es donde hay que ganarse las cosas. Dos piedras, al fin y al cabo, son algo por lo que tampoco hace falta dramatizar. No quiero. Me doy cuenta que llevo todo el rato sin dejar de mirarte, y empiezo a perder la esperanza, de todas formas. Me siento superado por todo. Solo, diferente. Pero al fin tu mirada se percata de la mía. La sabe acoger, amoldar, y guardar con falicilidad. Me ayudas.
Pares, donde todo el engaño debe ser descubierto. La mano tiene, ya vamos mal. ¿Mi compañera? Nada. Ahora supongo que me mira, recriminándome no haber estado atento a sus ciegas en un principio de partida, pero ella es un personaje secundario de mi trama, y la conexión entre tú y yo no es digna de ser rota. A todo esto, ya tengo que hablar, que tú por supuesto que juegas a esto. Me veo solo, reviso, ocupas ya toda mi cabeza, no recuerdo ni mis cartas:
- Pares, sí. Habla la mano.
- Envido.
- Cinco más.
- Quiero.
Tu compañero se veía con ganas de echarse atrás, pero tú te has adelantado a su jugada de una forma terriblemente inoportuna, o increíblemente inteligente. Son seis que descontar de mis aspiraciones: dos sotas poco hacen contra todas tus cartas. Pienso ahora que me desconcentras, que nunca tendría que haberme tirado un farol con una pareja de dieces. Las sotas, a esto, no sirven para nada, más que para al final tener juego, un buen partido, como mucho.
Llegamos al fatídico momento del juego, aquí está la solución. 9-0, recuperar no es una utopía. Se oyen dos noes de fondo a mi derecha, pero no era el momento de apartar la mirada. Tú hablas, yo oigo, yo hablo, tú escuchas. Tensión. Tú y yo, solos. La pelota de tu campo. Con decisión, casi con ciertos aires de práctica e intuición, sorprendes:
- Órdago.
- Quiero.
Sin más, sin dejar siquiera que los segundos se amontonen entre propuesta y respuesta. De forma exagerada, lanzo las cuatro cartas a la mesa. 31 de postre, un querite un tanto violento el mío, pero tú te has precipitado y lo sabes. 9-0 y órdago no van de la mano. Yo voy a eso, no a otra cosa, ya me ibas a ganar el resto. Aunque igual lo has hecho porque sabes que yo tengo que querer. Eres más de lo que en un principio parece, eres más de lo que puedo soñar.
Tras unos minutos, ahora el tiempo por fin se decelera, para terminar quedando suspendido en una mirada teñida al máximo de color pardo. Tengo todas las de ganar, o todas las de perder. Tiemblo por dentro, y tú eso lo notas, lo sabes. Tú eres mano sobre mí, y de hecho todo está en tus manos, en los cuatro dibujos de las cartulinas que tus dedos sostienen con rigidez, con temible seguridad... Ya has visto que yo llevo la una, ahora a ti te toca enseñar tus cartas.
¿Qué llevas? ¿Qué quieres?
Sentados, cada uno preside su parte de la mesa, tú a mi izquierda, yo a tu derecha, tú compañero y mi compañera, a kilómetros de distancia. Barajas. Cada carta que cae sobre tus manos es una tremenda sacudida a mi corazón, que no entiende que el mus se trata de mostrarse siempre sereno. La suerte que tú has creado me ha señalado a mí para ser el primer improvisado 'croupier'. Me miras, por primera vez, aunque tus ojos me son familiares. El exterior, el iris, es tan parecido al mío que hace olvidar que es en la pupila donde de verdad recae la gran diferencia, lo que nos hace ser dos polos opuestos. Me pasas las cuarenta cartas, mientras descubro que el papel también conduce la electricidad. Barajo. Mi estilo es mucho más descuidado que el tuyo, aunque no lo parezca a ratos. La baraja sobre la mesa, te doy a cortar. De nuevo tú tienes la llave para determinar la fortuna a repartir. Cortas casi sin pensar en el giro que en realidad acaba de sufrir el destino. Doy.
Aparentemente normal, dentro de mí las dudas y los miedos se dan cita sin importarles mi situación. Tanto es así, que la última carta que te reparto justo a ti cae de canto, dando un brusco salto para terminar posándose más suavemente con cinco bastos saludando al mundo exterior. Te miro pidiendo clemencia, me miras con una sonrisa, de las que nunca te suelen faltar. Me supera. Mus visto.
No me he fijado bien en mis cartas, al fin y al cabo siempre suelo tener las mismas, no me voy a encontrar con nada nuevo en la baraja. Al final me voy de todas, tú te has ido de dos. El cinco de bastos está por perderse en el infierno de las cartas que nadie quiere, me recuerda a las muchas veces que me he caído yo por el precipicio de lo que nadie quiere, cual pobre as de copas, que se cree grande en todos los juegos, y en realidad tiene el número más bajo. Doy, por segunda vez.
Miro lo que tengo sin prestarle mucha atención, porque rápidamente me giro a mi izquierda para perseguir alguna seña, de ésas que te gustan tanto. Dicho y hecho. Tu cara parece volver lentamente a su estado natural. Has hecho algo, pero no me ha dado tiempo a enterarme, una vez más. Pienso. Barajo, esta vez posibilidades. Como siempre, termino por creer lo que quiero creer, y eso ya me ha hecho cometer más de un error garrafal. Creerse las mentiras de uno mismo, la grande de tu compañero me despierta.
- Envido.
- No puedo querer.
Con un caballo de carta más alta, poco puedo hacer. Me da rabia, porque tu compañero me ha vuelto a superar. Es peor que yo, pero tiene suerte, y esta escena es ya común. Tú le sonríes. No le sonrías. Yo me muero. Hemos perdido el primer punto de la partida. La chica nunca ha sido mi especialidad, pero ajustar reacciones se me da mejor.
- Chica, paso.
- Paso.
- Paso.
- Envido.
- Tres más.
Error. Mi dos de espadas tiembla ante tu insistencia. ¿Así que vas a eso? Qué sopresa. No importa, aquí no es donde hay que ganarse las cosas. Dos piedras, al fin y al cabo, son algo por lo que tampoco hace falta dramatizar. No quiero. Me doy cuenta que llevo todo el rato sin dejar de mirarte, y empiezo a perder la esperanza, de todas formas. Me siento superado por todo. Solo, diferente. Pero al fin tu mirada se percata de la mía. La sabe acoger, amoldar, y guardar con falicilidad. Me ayudas.
Pares, donde todo el engaño debe ser descubierto. La mano tiene, ya vamos mal. ¿Mi compañera? Nada. Ahora supongo que me mira, recriminándome no haber estado atento a sus ciegas en un principio de partida, pero ella es un personaje secundario de mi trama, y la conexión entre tú y yo no es digna de ser rota. A todo esto, ya tengo que hablar, que tú por supuesto que juegas a esto. Me veo solo, reviso, ocupas ya toda mi cabeza, no recuerdo ni mis cartas:
- Pares, sí. Habla la mano.
- Envido.
- Cinco más.
- Quiero.
Tu compañero se veía con ganas de echarse atrás, pero tú te has adelantado a su jugada de una forma terriblemente inoportuna, o increíblemente inteligente. Son seis que descontar de mis aspiraciones: dos sotas poco hacen contra todas tus cartas. Pienso ahora que me desconcentras, que nunca tendría que haberme tirado un farol con una pareja de dieces. Las sotas, a esto, no sirven para nada, más que para al final tener juego, un buen partido, como mucho.
Llegamos al fatídico momento del juego, aquí está la solución. 9-0, recuperar no es una utopía. Se oyen dos noes de fondo a mi derecha, pero no era el momento de apartar la mirada. Tú hablas, yo oigo, yo hablo, tú escuchas. Tensión. Tú y yo, solos. La pelota de tu campo. Con decisión, casi con ciertos aires de práctica e intuición, sorprendes:
- Órdago.
- Quiero.
Sin más, sin dejar siquiera que los segundos se amontonen entre propuesta y respuesta. De forma exagerada, lanzo las cuatro cartas a la mesa. 31 de postre, un querite un tanto violento el mío, pero tú te has precipitado y lo sabes. 9-0 y órdago no van de la mano. Yo voy a eso, no a otra cosa, ya me ibas a ganar el resto. Aunque igual lo has hecho porque sabes que yo tengo que querer. Eres más de lo que en un principio parece, eres más de lo que puedo soñar.
Tras unos minutos, ahora el tiempo por fin se decelera, para terminar quedando suspendido en una mirada teñida al máximo de color pardo. Tengo todas las de ganar, o todas las de perder. Tiemblo por dentro, y tú eso lo notas, lo sabes. Tú eres mano sobre mí, y de hecho todo está en tus manos, en los cuatro dibujos de las cartulinas que tus dedos sostienen con rigidez, con temible seguridad... Ya has visto que yo llevo la una, ahora a ti te toca enseñar tus cartas.
¿Qué llevas? ¿Qué quieres?
1 comentarios:
qé se puede decir?. se q no es mucho, xo ya lo sabes todo.-
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